En la última Final Four regresé de Berlín con un sentimiento que me carcomió durante demasiadas semanas y que ha florecido en los últimos días: el poco respeto que los árbitros europeos tienen al Regal FC Barcelona, y en consecuencia a sus jugadores y cuerpo técnico. En este curso ya se ha patentado un estilo “anti-Barça” para parar, o mitigar, los efectos del rodillo azulgrana: juego lento, posesiones largas, defensa pétrea y forzar al límite el reglamento en cuestión de faltas. Y en los últimos partidos de Euroliga la viva imagen de los estragos de este estilo es Juan Carlos Navarro. Como bien reconocía Luís Mendiola en su crónica del partido que enfrentó el Regal FC Barcelona contra el Panathinaikos, a Navarro le hacían faltas clamorosas en las mismas de las narices de los árbitros y éstos impasibles continuaban con el partido, consintiendo las quejas airadas de Navarro pero haciendo claramente oídos sordos en la forma más ilustrativa del no respeto hacía el jugador. Dicen que uno se tiene que ganar el respeto. Pero en este caso estamos hablando del MVP de la competición, del jugador que si no procuras que no lo aticen en cada penetración, no desarrollará su juego que engrandece el espectáculo/negocio de la Euroliga.

Un organismo que se está estirando de los pelos al ver que el Maroussi, un equipo que no convoca a más de 200 espectadores en un pabellón de 16.000, disputa el Top16 con paso firme mientras que el campeón Panathinaikos, con sus suculentos patrocinadores, está en el abismo, a punto de quedar eliminado. Da igual que se le abriera un expediente en la pasada Final Four o que uno de sus dirigentes, en la final, se encabritara con los árbitros y empezara a lanzar billetes entre el público para denunciar la corrupción del trio arbitral de una final que acabarían ganando.
Menospreciar a jugadores como Navarro o técnicos como Xavi Pascual, es atentar contra la esencia del espectáculo en sí. Pascual, que hoy cumple el segundo aniversario en el banquillo azulgrana, se ha ganado a pulso el respeto de todos los estamentos, y especialmente de los árbitros europeos. En la Final Four de Berlín, Ettore Messina le estuvo comiendo la oreja durante todo el partido a los tres colegiados sin que estos se atrevieran a pitarle una técnica. Y en el último partido contra el Pao, a Zeljko Obradovic sólo le pitaron la técnica cuando éste la quiso recibir y tras un espectáculo muy exagerado. Era antes del último cuarto y su equipo recortó la diferencia a “sólo” 12 puntos.
En fin. A rey (casi) muerto, rey puesto. Incluso el público del Palau Blaugrana entonó un cántico aprendido de la afición del Panathinaikos de la Final Four de Berlín para estupefacción de los aficionados y periodistas griegos presentes en el Palau.









